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NUEVOS TIEMPOS, RETOS PERMANENTES

             En los últimos años mostramos una evidente preocupación en nuestras hermandades y cofradías por la programación de actividades que resulten atrayentes para los hermanos, que les acerquen algo más  a la Corporación, que eviten el distanciamiento de su vida cotidiana y que, en definitiva, hagan factible su pervivencia frente a tantas otras ofertas culturales, recreativas, de ocio, incluso de espiritualidad y filosofía humanística. Válido es cuanto se haga, pues la adecuación a los tiempos es imperativo que se ha de cumplir para no quedar obsoletos o desaparecer, pues la Iglesia misma es el primer testimonio de cambio, con un único y sempiterno mensaje, el de la doctrina de Cristo. Pero sin embargo, se ha de cuidar que no queden relegados los pilares básicos que nos han llevado a fundar las hermandades, como medio de poner en práctica nuestra fe, como Instituciones de esa Iglesia universal y diocesana de la que formamos parte, como cauces vinculados a la tradición y religiosidad del pueblo idóneos para llegar a Dios.

            Por ello, aunque entendemos que todos somos conscientes de cuáles son los ejes en torno a los cuales debe seguir girando el engranaje de nuestras hermandades, por muchos anexos que podamos colocar en su entorno, conviene perseverar en la base que les  sirve de sustento y, con la necesaria e ineludible orientación que el hoy exige, dar el máximo protagonismo de toda nuestra planificación y trabajo a esos tres fundamentos de la vida cofrade: la formación, siempre vital pero aún más ahora, el culto, que justifica la existencia de las Imágenes y la caridad, obligada en un mundo con diferencias sociales cada vez más acusadas.

 I.  La formación.

             Las hermandades, que tienen una historia multicentenaria en no pocos casos, se han adentrado en el nuevo milenio conscientes de que han de experimentar una necesaria adaptación a la orientación de la Iglesia a la que pertenecen, línea marcada con claridad por la encíclica del Papa Juan Pablo II “Tertio milenio adveniente”, que asimismo sirvió ya  de base para el I Congreso Internacional de Hermandades y Religiosidad Popular, celebrado en Sevilla en 1999. Sabemos con certeza que las características de nuestros pasos, enseres y cortejos penitenciales en nada tienen que  ser modificados, pues son testigos de una tradición secular, exponentes de un culto externo que el pueblo mima para Cristo y su bendita Madre, lazo de unión con la pasión salvífica para quienes sólo esta ocasión  aprovechan para acercarse a un Jesús permanentemente vivo, pero olvidado en muchos hogares y corazones. Nuestras cofradías son casi intocables, distinto será el sentido de nuestras Estaciones de Penitencia y el testimonio que hemos de dar a una sociedad muy agnóstica, indiferente ante el hecho religioso, atraída por los encantos del materialismo, el poder y las influencias.

            Por eso, cuando hablamos de encauzar nuestro camino, de enderezar los complicados vericuetos por los que frecuentemente deambulamos, nos referimos a esa nueva evangelización que se nos demanda, a la cercanía con el mundo real en el que desarrollamos nuestro trabajo, nuestra vida de familia y también de hermandad. En un ambiente bastante descristianizado, en el que tiene un relativo interés la llamada a la caridad, a la comprensión, al perdón, la aceptación de los demás como son, no como queremos que sean, en un entorno en el que prevalece el hombre posesivo, afamado, liberado de cualquier nexo permanente, en estas circunstancias históricas de esta época, con la relegación sistemática del desfavorecido, es indispensable que el cristiano comprometido, el cofrade activo, el que se siente parte integrante de una hermandad de todo el año, este seguidor de Cristo que ha escogido la opción de una asociación de laicos muy peculiar para cumplir con el compromiso de fe adquirido en el juramento, tiene que ser continuo propagador de su creencia y ofrecer en todos los ámbitos de su vida cotidiana el ejemplo de una doctrina de fraternidad, amor y disponibilidad.

            Así pues, la hermandad plena está afectada por esta preparación a nuevos retos en el seno de una Iglesia de cambios trascendentes también. Pero tal vez sea el aspecto de la formación de todos los hermanos el que deba acaparar mayor atención, pues de él se derivarán los demás. A ello se nos llama desde el documento papal citado anteriormente, desde las cartas pastorales de los obispos e incluso a partir de las conclusiones que los propios cofrades hemos acordado en los foros de debate y reflexión, no meramente cultural, que se han celebrado en los últimos años. Por ejemplo, en la Asamblea Diocesana que se celebró  en Sevilla en el año 98 (ya han transcurrido seis intensos años), se concluía que “ha quedado patente en gran parte de los grupos, nuestra preocupación por proseguir en el camino de formación descubierto e iniciado, así como los deseos de intensificarlos. La formación precisa ser continuada, planificada, sistemática y de contenidos claros, atrayentes. Y siempre desde una sensibilidad cofrade. Consideramos que esta labor de formación habrá de dirigirse, prioritariamente, a la Juventud y a las Juntas de Gobierno, teniendo como sustento la Palabra de Dios”. No existe imposición alguna ni presión moral; sólo el autoconvencimiento de que no podemos quedarnos anclados en la catequesis que recibimos hace décadas, y que puede ser que ni siquiera hayamos hecha efectiva en buena medida.

 Para esta conclusión no hay fronteras locales ni de tiempos, siendo perfectamente extensible a todas las  diócesis, en las que se encuentran nuestras hermandades, y aplicable en la proporción  que corresponda. Las hermandades tienen unas misma obligaciones espirituales, de adecuación a la Iglesia diocesana, independientemente de sus carismas y enraizamiento en la población. El Evangelio es nuestra común insignia.

El Papa Juan Pablo II remitió al I  Congreso Internacional de Hermandades y Religiosidad Popular del año 1999 en Sevilla (único hasta ahora), el siguiente mensaje: Es tarea urgente ...alentar la renovación de las Hermandades y Cofradías  la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II y de las orientaciones de los Pastores de la Iglesia, para que, arraigadas en sus mejores tradiciones, puedan responder adecuadamente a las exigencias de la fe de los hombres y mujeres del tercer milenio. Para cumplir esta misión, es preciso que se reconozcan como  comunidades cristianas fraternas, signos del misterio de comunión que es la Iglesia, en las que se cultive una intensa vida litúrgica y apostólica, no reducida sólo a las fechas de las  procesiones, sino prolongada durante todo el año en espíritu de conversión y penitencia, de oración y testimonio público de la fe, en la que sea frecuente el acercamiento de los cofrades y hermanos a los sacramentos de la reconciliación y la eucaristía, y se actúe siempre en comunión afectiva y efectiva con los obispos, guías del pueblo de Dios. De este modo, la piedad popular se convierte en cauce adecuado de evangelización”.

Otras prestigiosas voces eclesiales han seguido  a esta proclama, insistiendo en la necesidad inapelable de la formación religiosa de los cofrades. Cuando hay un acuerdo tan extenso sobre ello, sería absurdo obviarlo; al contrario, se ha de reconocer su conveniencia, y en algunos casos urgencia, aplicable a todos los estamentos o grupos de la Hermandad, pues aunque lo sean organizativamente, son uno mismo en el cuerpo de la Corporación y tienen idéntica finalidad. Lógico es que los miembros de las Juntas de Gobierno tengan la formación entre sus obligaciones prioritarias, pues han de planificar e incluso impartir, en ocasiones, la de los restantes hermanos. Además, son un referente para el resto de los hermanos y, por tanto, su actuación debe ser ejemplarizante, tanto en lo moral y religioso, como en el trato humano y en el desempeño de su responsabilidad organizativa, de gestión y administración de lo que a todos pertenece, de cuanto es patrimonio común y no particular.

No interesan en la hermandades aquellos hermanos que pretenden acceder a un puesto en la Junta para compensar frustraciones sociales y/o familiares, hacer de ellas un feudo propio y excluyente, o imponer un trato que incluso en organismos públicos han quedado obsoletos. El diálogo fraterno, la amabilidad, la predisposición hacia quienes nos aborde, por nimia que nos pueda parecer su pregunta o preocupación, la sensibilidad ante las situaciones de debilidad, enfermedad o crisis de quienes en esos vitales momentos necesitan de una palabra afectiva, de un gesto cercano y consolador, ha de ser la línea de acción de quien se espera de él la primera respuesta. Y la gestión en equipo, aunque sea prioritaria, naturalmente, la opinión y criterio del Hermano Mayor o Presidente.

La Juventud es el otro grupo de la Hermandad que por su implícita predisposición al aprendizaje y por estar inmersa en un proceso de maduración física, psicológica y espiritual, tiene que ser receptora privilegiada de una formación que clarifique el porqué de su pertenencia a la hermandad que le acoge, posiblemente desde pequeño, qué sentido tiene ser hoy cofrade y a qué obliga su compromiso cada vez más efectivo y personal, qué se espera de su integración entre quienes han hecho de la casa compartida por los hermanos, prolongación de sus propios hogares. Sabemos que los jóvenes tienen ahora muchos atractivos materialistas, que la seducción del goce sin medidas, de la libertad sin freno, de la falta de cualquier vinculación que genere obligación, les engancha fácilmente, en competencia con valores de la tradición, con la planificación y control de sí mismos, con la llamada de lo anímico, de la trascendencia del espíritu. Para llegar a estos campos del alma, es necesario despojarse, en parte, de la materialidad, del apego por lo meramente atractivo y con frecuencia embaucador.

Es una misión ineludible de todos cuantos formamos la familia fraterna atender y preocuparnos por quienes no sólo serán el futuro inmediato de nuestras hermandades, sino que incluso son el presente que exige autenticidad en el testimonio cristiano y no entienden las posturas sectarias donde tendría que haber exclusivamente entendimiento y amor. Se acusa gratuitamente a los jóvenes, por lo general, de aquello que los adultos hemos sido incapaces de desterrar. Tenemos que conocer mejor a la juventud, sin fáciles etiquetas, para llegar hasta ella con mayor coherencia, nunca desde la cómoda actitud del paternalismo, el magisterio o el dogmatismo, que rápidamente rechazará. Los jóvenes quieren ocupar su sitio en la hermandad, que ya muchos tienen, y esperan ser considerados como personas en formación, no como eternos menores.

En los últimos  años, casi todas las hermandades vienen desarrollando  una elogiosa labor de cara a preparar  a sus jóvenes, supliendo en no pocas ocasiones el trabajo catequético y educativo que deberían haber recibido en otros ámbitos: colegios, parroquias, familia. Así pues, no hay que empezar de cero, pero sí es conveniente incrementar y perfeccionar, en lo posible, el programa de formación que han de recibir los hermanos más abiertos  a  ella. No se puede desfallecer porque los resultados no sean inmediatos. En este caso, como en ningún otro, la siembra fructificará hasta el ciento por uno.

Y los demás hermanos, ¿no han de ser atendidos en su renovada formación? Es tan evidente que sería innecesario comentarlo. Aunque sea amplia la diversidad de la preparación cultural que cada hermano posee, siempre existe un denominador común que nos iguala y nos aglutina para ser receptores de buenas nuevas, ya que el Evangelio y su puesta en práctica en cada época, nos convierte en constantes aspirantes a la formación y al perfeccionamiento (podríamos decir “mejora”) de nuestro compromiso cristiano. Si no es así, podemos caer en el simple costumbrismo y en sentimentalismos carentes de una verdadera religiosidad.

 II. El culto.

             Quienes han unido sus esfuerzos y conjuntado sentimientos paralelos para constituir una hermandad, en cualquier momento de la historia, bien en épocas de recesión religiosa y de la piedad popular, bien en años de esplendor y resurgimiento, lo han hecho, generalmente, llamados a seguir la doctrina de Jesucristo y venerar a su bendita Madre, como referentes de una vida provechosa en la tierra y de esperanza en el gozo de la eternidad. Coetáneamente o incluso con antelación a la formación oficial de la hermandad, han existido Imágenes a las que se ha rendido culto, como representación plástica de Cristo, de la Virgen o de los Santos. Ha sido siempre una manera de llegar al corazón de los fieles, limitados con excesiva frecuencia por una educación deficitaria, arcaica, pero de sentimientos profundamente religiosos y de disponibilidad afectiva para entender el mensaje de un Señor Salvador, que vivifica y da sentido a nuestra labor fraterna de atención y desvelos por los demás, hermanos nuestros.

             Así, convocados a mostrar públicamente el amor y veneración debidos  a las personas divinas y a cuantos ya han participado en los veinte siglos transcurridos desde la venida de Cristo en la obra de salvación, los cofrades han tenido como una de las primeras misiones, casi en exclusividad la mayoría de las veces, ofrecer el culto apropiado a quienes son guía de nuestro compromiso como miembros de la Iglesia. La liturgia y contenido de estos cultos han estado orientados, como es lógico, por la líneas marcadas por la cabeza visible de nuestra Iglesia, en la que inexorablemente participamos, siguiendo lo que el Papa y los obispos han sancionado a través de las encíclicas y cartas pastorales, no suficientemente conocidas por una buen parte, diría que muy amplia, del pueblo cristiano al que van dirigidas. No obstante, los sacerdotes han suplido la falta de información e interés de quienes no se han preocupado por adquirir esos necesarios conocimientos y, por tanto, no han renovado los criterios de una fe, tal vez consolidada, pero que debe conllevar la sintonía con los tiempos, para que sea también más eficientemente compartida.

            No es necesario  hacer un balance ni breve repaso a los cultos que se han realizado, generalmente con encomiables esfuerzos, escasez de medios, a menudo,  y efectividad. Se han hecho y podríamos afirmar que se han realizado bien. Sí es conveniente exponer con brevedad las pautas que podrían marcar, desde una óptica puramente cofrade, no como teólogos, ni ministros de esa Iglesia a la que tenemos que seguir perteneciendo indisolublemente, los cultos que los cultos que hemos de organizar y vivir en los próximos años, en este comienzo del siglo y milenio, que como fechas que separan ciclos completos, deberíamos pretender que sean, por un lado, oportunidad para la reevangelización y mayor aproximación a una doctrina en la que ordinariamente nos hemos acomodado y, por otro, la continuación de un sentir evangélico según lo practicado por muchas generaciones de hermanos.

             Tenemos que seguir potenciando el culto interior, especialmente el que tiene como centro la propia Eucaristía, a Dios presente en el Sagrario, aunque la asistencia a él sea minoritaria, pues entendemos las múltiples ocupaciones que a la mayoría de las familias les corresponde en la actual sociedad, preocupada antes por las necesidades materiales y de ocio, que por las espirituales. Sin embargo, el que desee enriquecerse en la espiritualidad de la hermandad, el que no se conforme con una esporádica participación en los actos programados, sino que haga suya la casa de todos los hermanos (en donde exista) y considere su mejor lugar de  oración la capilla donde estén presentes los Titulares a quienes tantas personas veneran especialmente un solo día al año, quien acuda al templo deseoso de recibir un impulso a sus ya de por sí afincados sentimientos de fe, todo el que sepa que en unión de otros verá completada su labor humanitaria y fraternal, en el compromiso cierto que se contrae en la incorporación a la hermandad, todos estos, aunque sólo sea una parte simbólica de la amplia nómina de hermanos, justificarán plenamente la continuidad y proliferación de cuantos cultos se organicen. La Junta de Gobierno está obligada a ofrecer a los hermanos medios para la práctica e incremento de su vida espiritual y qué mejor que los cultos internos.

             Se pide desde los últimos años, coincidiendo con la secularización creciente y lógica de nuestra sociedad tradicionalmente creyente, una mayor identificación del contenido de los cultos con los requerimientos de quienes  a ellos asisten, pues resultan trasnochadas e inútiles las llamadas a la participación que todavía algunos predicadores hacen desde el altar dirigidas precisamente a quienes acuden a ellos; hay que tender al perfeccionamiento y avance espiritual de la asamblea, no a insistir en la regañina e invitación que nos les corresponde. La predicación al ausente debe realizarse en los lugares en  que estos potenciales hermanos se encuentren, aunque esta labor no esa exclusiva del sacerdote, antes al contrario, somos los propios cofrades los que deberíamos intensificar nuestro trabajo de captación y conducir a los que son reticentes a frecuentar el templo a que se sientan parte activa del culto que también para ellos se organiza. Todos hemos de asumir la frase evangélica “id y predicad el evangelio”. Ésta puede ser una de las maneras que lo hagamos con los hermanos más alejados.

             En esa sintonía social que deseamos estén nuestros cultos, ha de encuadrarse el mensaje que se nos ha de transmitir en la interpretación de la Palabra de Dios y en la doctrina actualizada que se ha de sembrar en cada uno de nuestros corazones, sin relegar al raciocinio, pues la mejor formación de los fieles en las últimas décadas hace factible que también se argumente la fe con datos de la razón. En esto sí que hemos cambiado con respecto a nuestros abuelos, a pesar de que tal vez su entrega incondicional supliera con creces los argumentos racionales. No obstante, es habitual  y lógico, por la preparación recibida y dedicación a su ministerio, que sean los mismos sacerdotes que presiden las celebraciones sagradas quienes se encarguen también de la homilía, como acontece dominicalmente. Pero hemos de  reconocer que no todos han hecho el esfuerzo de una indispensable puesta al día y repiten lo que vienen diciendo casi desde su ordenación, válido, pero insuficiente para las exigencias de hoy. Otros, sin embargo, calan en el sensible y agradecido auditorio, pues hablan con palabras actuales e inciden en los problemas materiales y espirituales, cotidianos, genéricos, que abruman y ocupan a quienes participan en un acto que les ha de suponer una reflexión interior que apacigüe y enriquezca sus almas. Dejo constancia de mi respeto y admiración hacia todos los celebrantes, sin excepción, por su entrega y  labor diaria, además de la impagable misión que realizan por avivar en nosotros el compromiso de fe.

             Ahora bien, ante las dificultades que las Juntas de Gobierno encuentran para confeccionar el breve listado de predicadores, independientemente de la disponibilidad y presencia constante del Director Espiritual, siempre grata y necesaria, si es acorde y no polémica (como desgraciadamente ocurre con no deseada asiduidad), cuando sabe asumir su responsabilidad y lugar, habría que ir pensando en dar paso, no en la liturgia reservada a los celebrantes, pero sí en el culto en general, a seglares con preparación en temas teológicos y formativos, pues incluso pueden conectar acertadamente con el resto de fieles, con los que comparten problemas similares: familia, hijos, mundo laboral, amistades, etc....La Iglesia nos demanda continuamente que nos sintamos parte activa del pueblo de Dios, que no seamos meros espectadores, ni tomemos una actitud pasiva, inoperante, ante lo que es también nuestra obligación como creyentes. Así pues, qué mejor que hacer llegar a los demás nuestra experiencia de un verdadero y sincero compromiso cristiano, cuánto bueno podrá despenderse de inculcar en los otros hermanos las inquietudes y los descubrimientos religiosos que hemos podido hacer en nuestro camino de cofrades responsables. Por supuesto conscientes de nuestras propias limitaciones y hasta donde lleguen nuestros conocimientos susceptibles de ser comunicados. Hemos comprobado la idoneidad de estas pláticas en las ocasiones en que conferenciantes seglares que han abordado temas de este sentido cristiano innato en el cofrade, han sido profusamente felicitados porque han hecho reflexionar con cierta profundidad a los oyentes.

             Y un  aspecto en el que también se ha avanzado notablemente en algunas ciudades es el acolitado, con una  preparación encomiable e idóneo acompañamiento  de la liturgia. Los jóvenes se han sentido identificados con esta privilegiada función asistencial, la realizan con gran seriedad y conjunción, ayudan al esplendor del culto y le añaden la singularidad de los cofrades a la peculiar y digna de admiración  forma de celebrarlo. Es necesario seguir animando a la juventud, continuar su formación plena, para que no se sientan como simples servidores o se mitigue su interés por desatención de quienes han de acogerles y orientarles.

             Y en el culto externo, fundamentalmente la salida procesional, se está logrando (salvo excepciones) desarrollar en los hermanos participantes el carácter penitencial de la misma, sin abandonar en nada lo puramente cofradiero. No podemos renunciar en absoluto a ninguno de los aspectos y caracteres que nos definen  como cofrades, tenemos que mantener y perfeccionar el legado que hemos recibido de varias generaciones de hombres y mujeres que ofrecieron buena parte de sus vidas por la misma hermandad en la que hoy nos sentimos familia. El barroquismo o la austeridad de nuestro ceremonial público no tiene que estar reñido con la convicción y vivencia religiosa cuando ésta se hace desde dentro, desde la hondura de un corazón que aspira a compartir con Cristo un  ápice de su doctrina. En la actualidad, quizás más que nunca, se nos pide testimonio y hay que darlo cada día, en nuestra familia, en el trabajo, incluso en el divertimento, pero corporativamente le corresponde a la hermandad ofrecerlo durante su Estación de Penitencia y en cualquier acto externo que organicemos. Generalmente se ha  avanzado en la coherencia con la catequesis que se realiza  el día de la salida procesional, no podemos considerarlo como suficiente, pues queda camino por andar, pero para un buen número de hermanos que en esas horas acompañan por la calles de la ciudad  a sus Titulares, será tal vez la única y provechosa “homilía” que el resto del año no van a escuchar.   Por ello, cuanto tengamos que decirles y mostrarles, como miembros de la misma familia cofrade, hagámoslo con nuestro ejemplo y con la mano tendida de quien desea que sea acogida cálidamente por el que tal vez la necesite.

  III. La caridad.

                         Una de las bases en las que se han sustentando las hermandades desde su creación ha sido la de la atención social a sus hermanos, el proporcionarles lo indispensable para sus familia si están carentes de ello, mitigar sus necesidades y aliviar situaciones de injusticia en la distribución de las  riquezas, que casi siempre han estado desigualmente repartidas. Algunas Corporaciones nazarenas surgieron precisamente con esta primaria finalidad, aunque posteriormente las actividades de culto y formación hayan superado con creces a las caritativas. Pero no ha de mirarse hacia atrás, salvo para aprender de nuestro pasado, no en vano recuerda el adagio latino que “historia magistra  vitae est”. Pretendemos esbozar aquí una posible línea que podría orientar la acción de la caridad de nuestras hermandades en el comienzo de este milenio, años en los que se hace más necesario el testimonio y la preocupación por atender material y espiritualmente a tantos hermanos que siguen padeciendo privaciones fundamentales, frente a un despilfarro abierto, ostentoso, ignominioso, a un consumismo exagerado y justificado en los medios de comunicación, o incluso tomado como modelo de una vida social moderna al que aspira una parte de la población, ajena por completo a la indigencia económica y anímica de otra importante parcela de la ciudad o pueblo donde viven.

                        La Iglesia nos recuerda que “la caridad no es ya beneficencia, sino el amor al prójimo que brota del amor a Dios”. Por ello ha de estar permanentemente presente en el espíritu del cofrade la cita evangélica de Mateos que pone en boca de Jesús la más contundente afirmación de compromiso en la caridad fraterna: “Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Asimismo, el Papa Juan Pablo II ha expuesto que “ los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios para se hijos, esta imagen está ensombrecida y aún escarnecida. Por eso, Dios toma su defensa y los ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de la misión y su evangelización es por excelencia señal y prueba de la misión de Jesús”.

                        Han quedado obsoletas las meritorias medidas reparatorias de antaño, insuficientes ahora sobre todo en su matiz meramente de solución parcial y momentánea de una situación grave y paupérrima. Si en otros tiempos el vale de comida, el pago de un recibo acuciante de embargo, desahucio o corte de suministro, la ropa que cubriese las mínimas necesidades de una vestimenta digna, el lote navideño y otros varios conceptos de atención completaban la labor asistencial de una hermandad, aunque ha sido una aportación encomiable y sustitutoria, muchas veces, de la que correspondería a las distintas Administraciones Públicas, no obstante en la actualidad y menos aún en las próximas décadas, puede aceptarse como única o preferente actividad caritativa. No habrá que prescindir de ella, pues en bastantes ocasiones soluciona un problema transitorio pero que es de vital importancia para una familia que sufre esa situación irregular. Hemos de tender a planificar una obra permanente (si no se ha puesto ya en marcha), duradera, que ofrezca soluciones igualmente perdurables, para que los hermanos que se beneficien de ella, lo hagan de una forma definitiva y no caigan de nuevo en el estado de pobreza o miseria que le priva de su verdadera e íntegra dignidad como persona, como ciudadano.

                         Y este camino no debería ser en solitario : las hermandades, además de atender casos particulares y de continuar con su loable bolsa o asistencia de caridad, quizás con una mayor porción del presupuesto anual, han de aglutinar sus fuerzas y esfuerzos económicos para crear y desarrollar una acción conjunta más ambiciosa, que abarque un ámbito más amplio o que profundice en la solución de las metas planteadas, que dé respuesta certera y definitiva, a ser posible, a cuanto acometa como obligación del amor fraterno que predicamos constantemente, con facilidad de palabra pero qué pocas veces de hecho. En esta línea, ya vienen trabajando en diversas ciudades grupos de hermandades afines por su proximidad u otra vinculación que les hace acrecentar con muy loables resultados la capacidad y cobertura de su atención social. Así, existen economatos regentados por las hermandades que aportan el 75% del importe total de  los productos de primera necesidad que retiran las familias registradas, previo estudio de su situación precaria; residencias de ancianos, guarderías, unidades de Día para los ancianos del barrio; incluso Centros de Estimulación Precoz para niños deficientes física y síquicamente; atención a conventos de clausura entre los que existen  algunos con verdaderos problemas para el sustento diario, nunca mejor dicho dependiente de la Providencia Divina; grupos de hermanos que atienden a enfermos en sus domicilios, algunos de ellos necesitados sólo de un poco de cariño y compañía; comedores populares para el reparto diario de comida, duchas y ropa a los indigentes y transeúntes; y otros muchos modos de intentar resolver situaciones de clamorosa necesidad, que podríamos referir en un recorrido por los múltiples y variados esfuerzos  que realizan las hermandades en las distintas poblaciones de nuestra nación,  conscientes, como nos señala la propia Iglesia,  de que “el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y el dolor, de la marginación y  la opresión, de la debilidad y del sufrimiento”.

                         Pero junto a las necesidades materiales perentorias, acuciantes, que apremian cada día, también el hombre de hoy, el prójimo que tenemos más cerca, en la propia hermandad, está ávido de recibir nuestro afecto (como refería sobre los ancianos), la atención humana de la que carece en su trabajo, incluso en su propia casa. Contemplamos una progresiva orfandad espiritual y sicológica en hermanos que comparten con nosotros tareas cotidianas, rutinarias, pero que sin embargo, sin duda como consecuencia de una sociedad bastante deshumanizada, distante, agnóstica, incrédula, no reciben la respuesta que añoran, porque somos desconocedores de esas situaciones reales de desamparo anímico o preferimos no entrar en la vida privada de quien con silencioso grito nos lo demanda. Es ésta una vertiente de la caridad que en el futuro inmediato, ya en nuestros días, se hace indispensable en nuestras hermandades, comenzando por la irrelegable responsabilidad de la dirección espiritual y continuando por una disponibilidad, sin coste económico alguno, de los hermanos que tengan capacidad para ello y dispongan, eso sí, de algunas horas para quienes sólo, nada menos, carecen de una voz cálida y próxima, de una escucha sosegada de los problemas que les aturden, de una  mano amiga y abierta que abra las muchas puertas que se les han cerrado, tal vez por motivaciones propias, pero que siempre pueden ser atajadas y superadas con el diálogo, con la cesión y el ofrecimiento al otro, con el perdón sincero, cristiano.

                         El campo de actuación de las hermandades, de los hermanos personal y colectivamente, es aún más amplio e imprescindible que en los momentos fundacionales, a pesar de que hora existan Organismos públicos que se ocupen de muchas carencias de sus vecinos, pero a todos no llegan ni en el fondo ni en las formas que algunos requieren; el carisma de la caridad cristiana, cofrade, tiene otra impronta que sólo nosotros, como seguidores de un Cristo permanentemente vivo y necesitado, en nuestros hermanos los hombres, seremos capaces de imprimir. Podemos hacer nuestras las palabras con que concluía su acertada intervención en el I Congreso Internacional de Hermandades y Religiosidad Popular de Sevilla, ya citado, el Presidente de Cáritas Española, D. José Sánchez Faba, del que hemos seguido algunas  reflexiones: “  Podemos afirmar que en la etapa renovadora de la Iglesia que arranca del Concilio Vaticano II, las Hermandades y Cofradías se ven apremiadas por la necesidad de aprovechar las posibilidades que les ofrecen su arraigo en la sociedad, la amplitud de su base social y el fervor de sus cofrades para, partiendo de las estructuras cofradieras actualmente existentes, irse comprometiendo más y más en la frecuencia de la práctica sacramental y en la acción caritativo social....Al mismo tiempo, y sin negar el legítimo derecho de las cofradías de honrar a sus Titulares mediante los desfiles procesionales de gran riqueza que son norma común en gran parte de España...., deberemos ponderar cada vez más el equilibrio de debiera existir entre lo que se invierte en pasos....y lo que necesitan desesperadamente esas otras imágenes de Cristo, hechas no de madera sino de carne sufriente, que son los excluidos y perseguidos de todo el mundo.

            Al hacerlo así, enraizaremos con la gran tradición cofrade de practicar obras de misericordia. Y cuando nos sumerjamos en la magia de la Semana Santa, sobre el bello conjunto inigualable de pasos e imágenes, de mantos y luces, brillará con luz esplendorosa el acatamiento de nuestros corazones a las enseñanzas de Jesús”.

                                    No podemos quedar indiferentes ante las constantes necesidades materiales y espirituales de quienes nos rodean, de quienes incluso comparten con nosotros una misma devoción a Cristo y confían esperanzados en su bendita Madre, María, sino que cada uno, de acuerdo con sus posibilidades de formación, disponibilidad y medios, debe asumir su propio compromiso, como obligación inherente al juramento que en su día realizó ante sus Titulares, a quienes  tanto venera, y que posiblemente  renueva en pública  y anual protestación de fe.

                                     Juan José Morillas Rodríguez