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CARTA DE LOS OBISPOS DE LA DIÓCESIS DE BIZKAIA

 

Queridos hermanos y hermanas


1. “Os traigo una buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo; hoy,
en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”. (Lc
2, 11). Un año más, queremos celebrar juntos la buena noticia, el
nacimiento de Jesús, que es la esperanza cierta y definitiva, la alegría
para toda la humanidad. El mismo evangelista San Lucas, relata cómo un
ángel anuncia a los pastores: “Encontraréis a un niño envuelto en pañales
y reclinado en un pesebre” (Lc 2, 12). En esta Navidad os invitamos a
salir al encuentro de este Niño. No lo encontraréis en signos
espectaculares y grandiosos. Lo encontraréis en la sencillez y en la
humildad, “envuelto en pañales, reclinado en el pesebre”.


2. Estas palabras del ángel nos invitan a vivir la Navidad en su verdad
más profunda. Jesús nacido en Belén es su verdadero protagonista. Evitemos
que el consumismo, el derroche desmedido, el individualismo o la falta de
preocupación por los necesitados nos hagan perder el verdadero sentido de
estas fiestas. Celebremos el Nacimiento del Señor ante todo, con profunda
alegría, en espíritu de oración y de acogida agradecida al Dios que se
encarna, evitando los excesos que desdigan del espíritu propio del portal
de Belén.


3. Queremos poner a la Sagrada familia como modelo de nuestra celebración
navideña. María y José acogen con profundo agradecimiento la Palabra que
se ha hecho carne. Demos gracias a Dios por el don de nuestras familias y
aprovechemos estos días para orar en familia, disfrutar del hogar, de la
gratuidad, del tiempo y de la vida compartidos. La Navidad es un tiempo
propicio para que la familia crezca como comunidad de amor y se asemeje
cada vez más a la Familia de Nazaret.


4. Pero la función de la familia no termina en sí misma, ya que no sólo
«recibe» el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad «salvada», sino
que está también llamada a «transmitir» a los hermanos el mismo amor de
Cristo, haciéndose así comunidad «salvadora». (cfr. Juan Pablo II,
Familiaris consortio, 49). En estos tiempos en que la crisis continúa
golpeando duramente a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad, no
dejemos solos a quienes viven en la pobreza o la marginación. Que cada
familia reflexione y decida el modo en que pueda compartir sus bienes y su
mesa con otras familias u otras personas que pasan necesidad. De este modo
seremos verdaderamente expresión de la gran familia humana que acoge un
nuevo estilo de vida que el Señor ha inaugurado con su nacimiento. No
permitamos que ninguna familia deje de percibir el amor y el cariño que el
Niño Dios ha venido a prender en el mundo. Que ningún niño, en la ilusión,
esperanza e inocencia de su condición, experimente la dureza del corazón
del hombre, generadora de hambre, injusticia y muerte.


5. María dio al luz a su Hijo primogénito, “lo envolvió en pañales y lo
recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada” (Lc
2, 7). Seamos sensibles ante aquellas personas inmigrantes que vivirán
estas fiestas en la nostalgia de la separación de sus seres queridos. “Se
trata de personas, para nosotros hermanos, que un día vinieron invitados,
contratados, o simplemente atraídos por la fascinación de un soñado
paraíso. Muchos de ellos han colaborado con su trabajo y con sus
servicios, en tiempos de prosperidad, a nuestro desarrollo y bienestar.
Ahora, en momento de crisis, de paro y de recesión, no podemos
abandonarlos a su suerte”. (cfr. CEE, Declaración ante la crisis
económica, noviembre 2009, n. 2). Que ningún hermano nuestra inmigrante
pueda reprocharnos que “no había lugar para ellos en nuestra posada”.
Nuestro compromiso cristiano nos invita a acoger y acompañar a estos
hermanos nuestros, y a exigir un trato humano y respetuoso con ellos, en
cuanto que “la recién aprobada Ley de Extranjería restringe derechos que
afectan decisivamente a su dignidad como personas” (cfr. CEE, Declaración
ante la crisis económica, noviembre 2009, n. 6).


6. Recordemos, así mismo, a los que pasarán estos días de Navidad en el
lecho del dolor o en los hospitales; a quienes carecen de familia, a los
que están lejos de sus hogares y a los privados de libertad. El Señor ha
venido a redimirnos de toda atadura y sufrimiento. Contribuyamos en la
medida de nuestras posibilidades a que la estrella de Belén brille también
en sus vidas y puedan experimentar nuestra cercanía y la ayuda necesaria
para aliviar sus dificultades.


7. Así mismo, pedimos el don de la paz para nuestro Pueblo. La paz es un
don de Dios, que nace de la verdad, la justicia, el perdón y la
reconciliación. Convirtamos nuestro corazón al Niño que nace en Belén.
Aprendamos de Él su humildad y mansedumbre, de modo que seamos siempre
constructores y artífices de paz, como verdaderos discípulos de Jesús.
Acompañemos a quienes han sufrido en su propia carne y en sus seres
queridos el zarpazo del terrorismo que destruye la vida y la dignidad
humana. Que en la oscuridad de su sufrimiento, con nuestra ayuda, brille
de nuevo la luz de la estrella de Belén, la luz de la esperanza y el
consuelo.


9. Queridos diocesanos, os deseamos una feliz y santa Navidad. Que el Niño
Dios bendiga vuestras vidas y vuestros hogares. Un particular recuerdo,
lleno de agradecimiento, a los sacerdotes, que celebramos con gozo este
Año Santo sacerdotal. Gracias por vuestra entrega y fidelidad. Así mismo,
felicitamos a nuestros hermanos y hermanas que trabajan en la misión, a
los miembros de la vida consagrada y a quienes entregan su vida en el
silencio de la vida contemplativa. Que durante el Año que vamos a comenzar
podáis experimentar la cercanía de un Dios que ha tomado nuestra carne
para ser nuestro Hermano primogénito y Salvador, para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.


Con todo nuestro afecto.

+ Ricardo Blázquez

Obispo de Bilbao

+ Mario Iceta

Obispo Auxiliar